Raquel,
de tu paradero actual me ha hecho saber Olvido. Quizá la recuerdes de nuestros veraneos en el pueblo. Ella permanecía siempre dentro de la piscina, en cuclillas, chapoteando en la zona de los críos porque le aterraba no tocar fondo donde cubría, donde nadaban los chicos, y porque no quería que éstos intuyeran sus pezones bajo el bañador mojado y pegado como una ventosa a su cuerpo. Me ha facilitado el nombre de tu calle, el número de portal y la letra de tu puerta.
Me cuesta ir al grano. Me sorprendo dando vueltas como aquellos caballitos de cartón piedra y color pastel clavados al suelo con una estaca de madera que les atravesaba el lomo mientras giraban en el carrusel de la plaza. Acabo de cumplir cuarenta y ocho años y durante estos últimos meses he descubierto que la vida a pelo, sin excusas, se encontraba allí, en esos días eternos de agosto repletos de horas densas que consumíamos a lametones como un helado de nata.
¿Recuerdas lo fría que estaba el agua de la piscina? Esa boca húmeda como una tierra de nadie enorme y tentadora que delimitaba una frontera entre sexos. Ellos, Ricky, Loren, Guille, tumbados en la zona del fondo, lanzándose al agua desde el diminuto trampolín intentaban sacarnos de nuestros cuchicheos con sonoras zambullidas y, nosotras, tiradas al otro lado, donde jugaban los niños pequeños, cuidándoles, aprendiendo a ser mamás antes de ser mujeres.
El viento azotaba con autoridad la superficie del agua cada tarde, a partir de las siete, poco antes, poco después y yo contaba con esa cita inapelable. Me atrapaba esa hora lánguida en que las madres peregrinaban hacia sus hogares con los bártulos que se habían ido esparciendo durante el día alrededor de las toallas y sombrillas. Desaparecían con sus hijos correteando detrás, gimiendo sin ganas por el cansancio del agua, del sol. También nosotros abandonábamos aquel limbo con una mezcla de hastío por lo que el día nos había deparado y de excitación por lo que la noche prometía. Recogíamos a medias las toallas empapadas y las arrastrábamos por el césped reseco hasta los caminos que conducían a cada uno a su madriguera. Cuando las voces se escabullían por las laberínticas callejuelas de la urbanización era para mí el momento de la verdad, el instante en que sucedía todo sin que, en realidad, nada ocurriera. No podía resistirme a su señal y me quedaba petrificada, sola.
Te cuento ahora este pedazo de vida, antes de que se desmigaje como una nube y desaparezca. Una tarde vino a buscarte el hijo de la guardiana. Se hacía llamar Ricky, puede que lo recuerdes. Llegó cerca de las ocho, cuando, seguro, estabas quitándote el bañador calado en la penumbra de tu habitación, sin encender la luz (en agosto no hacía falta hasta las ocho y media). Apareció en su moto destartalada pero con dos ruedas, asiento para una pareja y un par de cascos. Uno para ti, claro. No sé qué pensabas cuando venía a recogerte pero yo no he vuelto a experimentar esa congoja que me reptó por el estómago por culpa de un chico de dieciocho años que sabía todo lo que se podía saber. Nunca lo tuve tan claro como cuando me preguntó: “¿Y Raquel, por dónde para?” y le respondí: “Se ha ido al pueblo, a cenar a casa de sus abuelos. No está en el chalet”. Tal vez, el susurro del viento en mi nuca tuvo algo que ver en mi seguridad al mentir, en mi imperturbabilidad al hacerte desaparecer con un par de frases. Qué fácil me pareció cambiar el curso del verano.
Sin apagar el contacto de la moto y con el runrún de fondo, su mirada insolente y la mía, retadora, establecieron un diálogo breve y prometedor que finalizó con mi cuerpo envuelto en una toalla mojada y sentado de paquete, al tiempo que mis brazos rodeaban su cintura. La pirueta que improvisó para irnos casi nos cuesta un desastre sobre la gravilla pero desaparecimos en dirección al caminito de cabras que se encontraba a unos doscientos metros del pueblo. Tú debías de conocerlo mejor que yo.
La vuelta nos sorprendió con un recibimiento de boda, o de funeral, lleno de padres, sobrinos, cuñados, perros y sonrisas malévolas, picantes, desaprobadoras, lascivas, contigo y con Olvido encabezando la comitiva. A todos alcancé a veros y os escuché bisbiseando como moscardones mientras descendía de la moto a cámara lenta con la excusa de encajar las chancletas entre mis dedos. La bienvenida me dejó el corazón apelmazado como una bayeta reseca porque adiviné que no podría despedirme de Ricky, que no volvería a saber de él. Arrancó y me dejó allí, expuesta, aterida de frío con la toalla húmeda todavía, el pelo enmarañado, el cuerpo con restos de cloro adherido a mi piel como pegamento y mi espalda, a la vista de todos, rasguñada por la paja del suelo donde jugué por primera vez. ¿Quién te lo dijo? Supongo que el sonido de aquel cacharro nos delató al pasar delante de tu ventana para salir a la carretera.
¿Cómo es tu vida hora? Igual te pasa como a mí, que sólo me conmueve el pasado. El presente apenas tiene fuerza para amarrarme a las exigencias de unos días sin alma, al vacío de cada semana que pasa y que, según el médico, me acerca hacia el final. El día que me lo anunciaron, volvió a mi mente el ronroneo de aquella moto, el escozor de mi espalda y el olor del cloro, todo a la vez; una cadena de eslabones entrelazados como los dedos de dos manos que se aferran la una a la otra sabiendo que cuando una desfallezca, la otra no podrá hacer nada. Si alcanzara el medio siglo de vida, aquella tarde y su broche sombrío se convertirían en el punto álgido de mi vulgar existencia. Qué descubrimiento, Raquel, qué desprevenida me cogió aquel recuerdo que ahora te regalo. Es mi bien más preciado, cuídalo, cuídame.



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