Estoy detrás de ti, Magda. No me has oído llegar pero aquí me tienes, a tu espalda. Te oigo respirar aunque tu aliento se me escapa, no me alcanza. Inhalo el olor de nuestra cama en tu pelo alborotado, restos de perfume en tu nuca. Vamos, suelta esa jarra, deja que separe tu cuerpo de la encimera y agárrate a su mármol; deja que deslice mis manos por tu cintura, por tus caderas; que me apoye en ti. ¿Oyes cómo se encuentran los tejidos de nuestras ropas? Parece que bisbisean murmullos de siesta. Sabes, me encanta el color de tu vestido, aguamarina, me ha alegrado que lo eligieras; no negro, sino verde, un color para la esperanza.
Palpo a ciegas tu rostro. No cierres así tus ojos, no los aprietes tan fuerte, te lastimarás. Ábrelos y mira ante ti estos dedos como ramas resecas, quebradizas. Están sedientos de tus pestañas mojadas, de las lágrimas adheridas a tus sienes, de tu humedad. Préstame tus brazos que yo me envuelvo con ellos si tú no tienes fuerzas y me acaricio con tus manos para que las sientas. Deja que me aferre a tu pecho como a un madero a la deriva, que busque en tu nuca consuelo para mi cara hinchada por el llanto. Balancéate, adelante, atrás, adelante, atrás, recuéstate sobre mí. Tararea esa canción de cuna, la que cantabas a nuestro bebé cuando lo mecías para dormirlo.
Siente ahora mis caricias en tus muslos, en tu vientre todavía abultado, en los senos. Mírate, saco tus pechos tibios del sujetador; te encoges. Te lastimo, perdona, es porque están hinchados, duros, deseando amamantar. Los pies, me los señalas. ¡Ah! Los tacones, es cierto, con lo que te disgustan. Me he fijado en que los llevabas esta tarde, es lo único que ha quedado en mi memoria. Toda aquella gente, sus caras mirándonos como a extraños sin saber qué decirnos. Me arrodillo, levanta un pie, anda, yo te quito el zapato, a ver, levanta el otro, está bien, así, despacio. ¿Esta fría la baldosa, mi amor?
Bajo tus medias centímetro a centímetro, como si pelara una fruta madura. Te soplo, suavemente, en los dos hoyuelos de tu cintura. Te estremeces. Ahora voy a deslizarte las medias sobre tus bragas. Me encantan estas que llevas, su corte recto, a la altura de los pliegues de tus nalgas. Déjame lamerte ahí, apenas rozarte con la punta de mi lengua, sabes cuánto me gusta. Tu piel cálida sabe salada, como la masa de una croqueta de jamón. ¿Sabes que a todos los niños les gustan?
Tus piernas continúan rígidas, Magda, apretadas la una a la otra. Mis manos reptan sobre ellas como dos serpientes por la misma carretera abandonada. Si me preguntaras por su horizonte, te diría que es rojo, del color de la tierra del Cañón del Colorado. Seguro que lo recuerdas de nuestro viaje de novios: una hendidura en medio de la nada, profunda. Caeremos en ella, para sobrevolarla después. Viajaremos allí por segunda vez, comenzaremos de nuevo desde aquella sima, lejos de esta cocina y de su cuna vacía.

