Esta mañana me desperté inquieto por el viaje que iba a realizar. Me extrañó que el primer pensamiento no fuera, como siempre, la certeza de mi propia muerte. Me recosté de lado frente a Irene, mi mujer; la imaginé con treinta años más y, ambos, abuelos, en nuestro futuro hogar lejos de la ciudad. Me gusta observarla cuando duerme, es como estar con una desconocida, o mejor, con un cuerpo sin alma, una muñeca. Le molesta que haga eso pero me giro hacia el otro lado un par de segundos antes de que abra los ojos.
Decidí que el silencio estaría bien para variar la rutina matinal y no encendí la televisión. Me enteraría de las noticias al mediodía, cuando llegara a la redacción, o por la radio del coche durante el viaje. No me gusta conducir pero quería visitar una casa de campo que habíamos visto por internet y deseábamos comprar.
Irene continuaba en la cama cuando saqué el coche del garaje: al mirar hacia nuestra habitación desde la calzada, vi que la cortina estaba echada. Programé la ruta en el GPS y arranqué. A medida que dejaba atrás las calles que conocía y me incorporaba a la arteria de salida, el entusiasmo por estrenar el aparato se fue transformando en incomodidad. El robot no me permitía pensar con claridad y se inmiscuía en mi cabeza anunciando malos presentimientos. Me esforcé en olvidarlo y visualicé mentalmente nuestra futura casa: el huerto abandonado en la parte trasera, el sauce a la izquierda, el escudo colgado de la balconada frontal. Irene fue la que propuso la idea de un refugio para la vejez. Me lo pidió el último día de los enamorados; fue el mejor regalo que podría haberme hecho.
Durante dos horas acaté las órdenes de aquella voz de plástico y al fin llegué a una carretera comarcal por la que conduje unos cientos de metros. Retiré la vista de la calzada un instante para escudriñar la pantalla del GPS y, entonces, sentí un estruendo destartalado bajo el coche, muy cerca de mi asiento. Me aferré al volante, se me tensaron los hombros y la nuca emitió un leve chasquido. Pensé que habría atropellado a un animal, un perro o una liebre. Reduje la velocidad, frené y salí del coche. Vi un cuerpo tendido en el suelo. Era una mujer menuda y parecía de la edad de mi madre. Estaba muerta. El pelo blanco cortado a mordiscos era como una peluca mal colocada y llevaba sobre el vestido negro un delantal floreado de los que se ponen las mujeres en los pueblos. Yacía ladeada en dirección al coche con los ojos abiertos, espantados y juraría que memorizaba los números de mi matrícula. Quise taparlos con la bayeta del coche, o coser sus párpados, o arrancarme las gafas y ver todo borroso.
Repasé la escena una y otra vez: las alpargatas desperdigadas por la calzada, el silencio mullido del campo, las nubes rotas. Registraba el momento como si fuera un camarógrafo grabando para el informativo. Al oírme respirar de nuevo, me di cuenta de que había dejado de hacerlo cuando bajé del coche. Sentí pánico de quebrar ese instante congelado en el tiempo pero restregué mis ojos y decidí proseguir mi camino. Faltaban sólo dos kilómetros para mi destino.
Mi pecho comenzó a temblar de repente y el susto me provocó una arcada llena de bilis. Era el móvil. La melodía de la Guerra de las Galaxias sonaba a todo volumen y tardé en acertar a sacarlo del bolsillo de la camisa. Irene quería saber cómo iba todo. Le dije que bien, que llegaba enseguida y colgué. No quería ensuciarla a ella con explicaciones.
Los neumáticos hacían crujir los pedruscos a cada rodada y algunos salían despedidos. No conseguí localizar el sol en el cielo pero su calor abrasaba mi jersey de punto, que olía intensamente a nada. Abrí la puerta, asomé la cabeza y vomité. Conduje con las piernas temblorosas hasta que aquella voz dijo que habíamos llegado.
Matías, el lugareño encargado de enseñarme la vivienda me estaba esperando. Se subió al coche y sin que mediara entre nosotros palabra alguna de presentación me mostró el camino con un ademán desmadejado. El dedo de mi anfitrión señaló una casa a unos cientos de metros. La progresiva nitidez de sus contornos según nos acercábamos me fue calmando; era como la imaginaba.
El interior estaba fresco y oscuro, y sus sonidos eran los propios del abandono. Me entretuve poco en los detalles. Acaricié con las yemas de mis dedos los muros de piedra, me asomé a todas las ventanas y comprobé el estado de la escalera de roble. La visita fue un bálsamo. “El sábado a las doce volveré con mi mujer”, informé a Matías al dejarlo donde lo había recogido.
A las dos ya estaba en la televisión. He traspasado la zona de seguridad para empleados y el guarda me ha dedicado una mirada incrédula que, al principio me ha alertado, pero después, al darme cuenta de que era por verme conducir mi propio vehículo, me ha tranquilizado tanto que casi lloro de gratitud. He aparcado en la zona de directivos y como no había nadie a la vista, he revisado los bajos de la carrocería en busca de algún desperfecto aunque no he notado nada extraño durante el trayecto de vuelta.
He alisado las arrugas de las ingles en los pantalones, me he puesto la americana y he entrado a la redacción. Nada más verme, el editor se me ha acercado con cara de preocupación y una hoja en la mano. He cogido la escaleta con una sonrisa tranquilizadora y le he asegurado que todo saldría bien. He buscado en él una señal sin encontrarla. El ambiente cargado me ha obligado a desprenderme del jersey y al quitármelo he reconocido el olor del miedo: un aroma a sudor penetrante y agrio, el mismo que me delataba en mis primeras conexiones en directo.
He sentido entonces la necesidad de mirarme en un espejo y he ido a la sala de maquillaje. Las bombillas engastadas a la luna del camerino insinúan una leve grasa expelida por mis poros que retiro con una toallita de talco. Sólo mis ojos me traicionan, mi rostro carga con una mirada nueva que me veo obligado a esquivar.
Estoy rodeado de gente en el plató y suena mi teléfono. Es Matías. Dice que no puede enseñarme la casa este fin de semana. Me cuenta que han atropellado a su mujer y que la entierran el sábado. “La vida tiene estas cosas, don Jaime”, comenta.
En silencio, asiento con la cabeza, apago el móvil y me preparo para presentar el informativo.



Humor negro, muy bueno.
Felicidades