Encontró el maletín plateado en la zona de reciclaje de residuos domésticos de su calle, entre el contendor azul para el papel y el verde para el vidrio. Había bajado la basura para no tener que ayudar a su mujer a recoger la mesa y acostar a los niños. De paso, pensaba tomarse una cerveza. Además, era agosto y en su casa hacía mucho calor.
El aluminio del maletín resplandecía sobre el asfalto oscuro como si fuera una escotilla dirigida al centro de la tierra. Parecía que los últimos rayos de sol se sentían atraídos por el metal. Lo levantó del suelo con precaución pero, una vez entre sus manos, le pareció que había estado esperándole, escondido. Estudió con detalle su línea elegante, reparó en las esquinas reforzadas con doble chapa y en los surcos que embellecían sus laterales. Nunca había necesitado un maletín pero si hubiera tenido que comprar uno, ese modelo habría sido el elegido.
Decidió ir a la güisquería que se encontraba a dos manzanas de su portal; hacía años que lo estaba deseando. Empujó la puerta adornada con vidrieras de colores, acomodó su visión a la aterciopelada iluminación del local y divisó al fondo un taburete vacío. Miró a los clientes a los ojos y saludó con una inclinación de cabeza al que sostenía su mirada más de dos segundos. Al llegar a su sitio, colocó el maletín sobre el mostrador, a la vista de todos, y reposó su mano izquierda sobre el frío metal. La camarera, una mujer discretamente provocativa, se acercó sonriendo y le preguntó, con acento brasileño, qué deseaba tomar. Con una naturalidad que no le cogió desprevenido, le pidió una marca exótica de licor cuyo sabor le resultó familiar. Apuró su consumición, reclamó la cuenta con gesto cosmopolita y los veinticinco euros que pagó fueron sólo un número; no tenían ningún valor. Recogió el maletín y salió.
De nuevo en la calle, se sintió ingrávido y su mano se levantó como si un globo infantil atado a la muñeca la elevara hacia el cielo. Un taxi se detuvo delante de él. Abrió la puerta, se acomodó en el asiento y, sin vacilar, indicó al taxista el nombre de un exclusivo club de masajes. Las farolas se iluminaban a medida que el vehículo avanzaba por la avenida y la luz natural desaparecía poco a poco, como una lámpara con graduador de luminosidad. Los faros de los coches que se cruzaban se reflejaban en el maletín, a su lado.
El taxi se detuvo en el destino solicitado y pagó al conductor con el último billete que le quedaba. Le entregó veinte euros y le dijo que se quedara con la vuelta. A unos cincuenta metros divisó un cajero automático. Mientras se dirigía hacia él, comenzó a silbar la melodía de la película “Cantando bajo la lluvia” y reparó en la mirada curiosa que le dirigió una pareja madura al pasar a su lado. Sonriendo, se acercó al cajero y dejó el maletín en el suelo. Luchaba por encontrar su cartera en el bolsillo del chándal cuando un hombre que venía en bici por la acera alcanzó el asa del maletín y escapó con él calle abajo. Lo vio doblar la esquina a toda velocidad y desaparecer.
De repente, el cielo se cubrió de nubes grises y el estruendo de un relámpago plateado le sobresaltó. Aturdido, miró a derecha e izquierda y empezó a caminar. La lluvia empapó rápidamente sus pies, calzados con chanclas y volvió casi trasparente la desgastada camiseta blanca de su equipo de fútbol. Llegó a una marquesina cubierta, sacó de su cartera el bono mensual de transportes y esperó a cualquier autobús que lo devolviera a su barrio.


Menos mal que no abrió, quién sabe el contenido.
Mientras leía, era esa mi preocupación.
Muy buena elaboracion.