Tras las ventanillas, los viajeros observamos a una mujer china tirada sobre el andén recalentado. Sus manos se aferran a un carrito de bebé vacío. Gime sin lágrimas. No la oímos.
Dos guardias de seguridad se arrodillan con dificultad y hastío. Le preguntan.
Algunos gestos después, en el vagón refrigerado comprendemos que a la mujer le han robado el bolso que colgaba del cochecito. “Papeles, papeles” leemos en sus labios.
Al minuto, su marido vuelve con el hijo en brazos y unos billetes de tren en la mano.
Con los ojos cerrados por la vergüenza, la mujer le cuenta.
Él acaricia su pelo, su hombro y los tres se abrazan.
Nuestro tren parte veloz.

