Citas al mejor de los amigos y lo esperas en tu jardín, al borde de la piscina. Los cipreses que enmarcan el escenario no son un buen presagio.
Tras la última zambullida, el agua permanece sólida como un bloque de hielo. El viento abandona la tarde y ésta parece muerta. Sólo tú tienes pulso.
Escuchas cómo se entorna la cancela de la villa y te llevas la mano al cinturón. Tus ojos se clavan en el hombre que se acerca confiado bajo un crepúsculo macilento.
Dentro de un instante con aroma a pólvora, ese traidor será un cadáver reflejado en la superficie del agua. Mientras se aproxima, piensas, “tengo un regalo para ti, hermano, ella te espera en ese fondo verdemar”.
Y te consuelas porque tu mujer no podrá derramar ni una sola lágrima por él.

