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	<title>Cuentos personalizados &#187; Relatos de ficción</title>
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	<description>Libros, cuentos para niños y adultos, relatos personalizados a medida, regalos originales para celebrar cualquier acontecimiento de la vida. Biografías de empresas por encargo.</description>
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		<title>Fe</title>
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		<pubDate>Fri, 09 Jul 2010 07:58:24 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Idoia</dc:creator>
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		<description><![CDATA[<p>La isla emergió del mundo abisal. Náufrago vio el milagro y abandonó su salvavidas. Incrédulo, pisó tierra. Entonces se ahogó.</p>
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			<content:encoded><![CDATA[<p>La isla emergió del mundo abisal. Náufrago vio el milagro y abandonó su salvavidas. Incrédulo, pisó tierra. Entonces se ahogó.</p>
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		<title>Palabra de Dios</title>
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		<pubDate>Tue, 15 Jun 2010 11:40:56 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Idoia</dc:creator>
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		<description><![CDATA[<p>Por favor, sea breve, dijo una voz acerada por la megafonía de la catedral. Luciano se quitó su boina recién estrenada, miró a su alrededor y vio que estaba solo. Cayó de rodillas, se santiguó como un niño asustado y cuando quiso arrepentirse de sus pecados, se le fue el santo al cielo. </p>
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			<content:encoded><![CDATA[<p><span style="font-size: small;">Por favor, sea breve, dijo una voz acerada por la megafonía de la catedral. Luciano se quitó su boina recién estrenada, miró a su alrededor y vio que estaba solo. Cayó de rodillas, se santiguó como un niño asustado y cuando quiso arrepentirse de sus pecados, se le fue el santo al cielo. </span></p>
]]></content:encoded>
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		<title>Germinal</title>
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		<pubDate>Mon, 17 May 2010 14:07:02 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Idoia</dc:creator>
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		<description><![CDATA[<p>Resignado, se quitó la boina y la estrujó entre sus manos de labrador.</p>
<p>Por expreso deseo de sus hijos, accedería a dejarse arrancar el tumor adherido a su corazón.</p>
<p>Sabía que aquel esqueje que brotaba en su interior era lo único que aún tenía vida en su cuerpo reseco.</p>
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			<content:encoded><![CDATA[<p>Resignado, se quitó la boina y la estrujó entre sus manos de labrador.</p>
<p>Por expreso deseo de sus hijos, accedería a dejarse arrancar el tumor adherido a su corazón.</p>
<p>Sabía que aquel esqueje que brotaba en su interior era lo único que aún tenía vida en su cuerpo reseco.</p>
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		<title>Sospechosas habituales</title>
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		<pubDate>Tue, 04 May 2010 06:42:18 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Idoia</dc:creator>
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		<category><![CDATA[Relatos de ficción]]></category>

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		<description><![CDATA[<p>Al curtido detective Conrado, el chivatazo le llegó a través de los cauces habituales. Le aseguraron &#8220;por todos mis muertos&#8221; que se vio a una monja escapar a la carrera del lugar del crimen.
Cuando el sabueso fue al único convento que había en cien kilómetros a la redonda, las doce monjas de clausura lo esperaban [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Al curtido detective Conrado, el chivatazo le llegó a través de los cauces habituales. Le aseguraron &#8220;por todos mis muertos&#8221; que se vio a una monja escapar a la carrera del lugar del crimen.<br />
Cuando el sabueso fue al único convento que había en cien kilómetros a la redonda, las doce monjas de clausura lo esperaban sentadas alrededor de una alargada mesa de madera, con una beatífica mueca en sus rostros.<br />
El hombre, en pie, comenzó a inquietarse al sentir que aquellos ojos sin brillo, coronados por cejas agrestes, lo observaban como a un muchacho imberbe vestido con bermudas. No tuvo el cuajo necesario para interrogar a la retahíla de bustos cuyas manos lechosas mostraban sin pudor su compromiso con Cristo.<br />
Al despedirlo, mientras las religiosas lo acompañaban a la puerta, el detective Conrado sentía en su nuca una bocanada de aire tibio y escuchaba el frufrú de sus hábitos, negros como el color de los cuervos.</p>
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		<title>Despojamiento</title>
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		<pubDate>Fri, 23 Apr 2010 12:03:27 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Idoia</dc:creator>
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		<category><![CDATA[Relatos de ficción]]></category>

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		<description><![CDATA[<p>Sentada sobre la tarima color hiel, cruzo las piernas y mis párpados atardecen. Una cuchilla estrenada hiende verticalmente mi ceño: mana un vigoroso río de lava templada. Me exprimo. Retiro el pellejo que guarecía mi carne ahora desnuda y lo extiendo en el suelo. Un esmero infantil lo convierte poco a poco en altar exuberante: [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Sentada sobre la tarima color hiel, cruzo las piernas y mis párpados atardecen. Una cuchilla estrenada hiende verticalmente mi ceño: mana un vigoroso río de lava templada. Me exprimo. Retiro el pellejo que guarecía mi carne ahora desnuda y lo extiendo en el suelo. Un esmero infantil lo convierte poco a poco en altar exuberante: uñas y cabellos, dientes. También vísceras y corazón, el cerebro. Reservo los ojos para la ofrenda última pero escapan de sus órbitas cuando un hilo de voz implora:<br />
- ¿Quién soy?</p>
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		<title>El circo de cristal</title>
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		<pubDate>Sun, 18 Apr 2010 09:48:48 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Idoia</dc:creator>
				<category><![CDATA[Relatos de ficción]]></category>

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		<description><![CDATA[<p>Accesit Premio Internacional Julio Cortázar de Relato Breve 2009</p>
<p>A veinte metros del suelo, Masha Ivanova se desplaza de un extremo a otro de la carpa, etérea como una libélula sobre un lago seco. El cañón que la ilumina hace resplandecer su traje de lamé plateado con alas de tul casi invisibles, el único que conserva [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Accesit Premio Internacional Julio Cortázar de Relato Breve 2009</p>
<p>A veinte metros del suelo, Masha Ivanova se desplaza de un extremo a otro de la carpa, etérea como una libélula sobre un lago seco. El cañón que la ilumina hace resplandecer su traje de lamé plateado con alas de tul casi invisibles, el único que conserva de su época de patinadora sobre hielo. El público pliega su nuca hacia atrás, descuelga la barbilla y mira al cielo fascinado, esperando, sin saberlo, que la libélula se desplome. Masha no presta atención a las bocas abiertas de los espectadores, ni a las nubes de azúcar olvidadas en los regazos de los niños pues el público, en cualquier lugar del mundo, es siempre el mismo. Esta tarde se entrega más que nunca a una danza sinuosa, entre sogas y columpios colgantes porque sabe que, dentro de un mes, el doctor se lo prohibirá.</p>
<p>La mujer comparte su número con el Hombre Culebra que la acompaña en el trapecio desde su caravana. Postrado en su lecho a unos metros de la carpa principal del circo, sigue sus movimientos a través de un monitor de televisión. El Hombre Culebra vino al mundo con una enfermedad rara que trituró sus huesos y deformó su esqueleto para siempre, aunque no se ensañó con su rostro, de una incorruptible belleza eslava. La naturaleza le concedió también una mente despierta para los negocios que le permite dirigir, desde hace años, El Circo de Cristal.</p>
<p>El Hombre Culebra conoció a la Rusa (como llaman a Masha entre bambalinas) el día que entró en su caravana en busca de un trabajo. Se situó frente a él, se deshizo de su desgastado abrigo de piel llorando en silencio y vestida con una fina malla violeta desplegó su repertorio de contorsiones. Aquellos minutos bastaron para que se enamorara de esa mujer que componía figuras imposibles con su cuerpo, ligero como un pétalo de Lilium. La contrató y, desde entonces, comenzó a soñar que volaba con ella. Hasta que conoció a Masha Ivanova, el circo y sus empleados habían sido su familia, la carpa de color púrpura lo único que había rozado con deleite y el olor a queroseno, el aroma que reconocía como íntimo.</p>
<p>Detrás del pesado cortinaje, el Enano con Botas, maestro de ceremonias y mano derecha del Hombre Culebra, no pierde detalle de lo que ocurre en el trapecio. A su desproporcionado cerebro enfermo le ha costado meses elaborar el plan que rematará hoy.<br />
Antes de trabajar para el Circo de Cristal, el enano dividía sus jornadas entre los golpes del cañón hidráulico que lo lanzaba por los aires y el alcohol que lo arrastraba por los suelos. Pero los malos tiempos para las ferias populares y las denuncias por denigración terminaron privándolo de su oficio. El circo acampó cerca del vertedero donde dormitaba tras una borrachera que casi lo mata. Su deambular resacoso lo condujo a la guarida del Hombre Culebra que se compadeció de su patético aspecto y le destinó un hueco entre ellos. El enano decidió no volver a beber y conservar las enormes botas de piel marrón que había encontrado entre la basura: le habían dado suerte. Su lealtad hacia el jefe se hizo inquebrantable con el tiempo y cuando vio su expresión al conocer a Masha, ideó la manera de convertir al hombre que lo había resucitado en el ser más dichoso de la tierra.</p>
<p>El Payaso Melancólico remata con parsimonia su disfraz para salir al escenario. Se coloca su nariz de plástico rojo, carda su desquiciada peluca negra y saca brillo a un diminuto sombrero de charol naranja, el mismo con el que aprendió el oficio hace cuatro décadas. El payaso mira al cielo y sonríe al recordar el secreto que la Rusa le confesó antes de su actuación y que ella misma desvelará por la noche.</p>
<p>A su lado, el Enano con Botas continúa atento a los giros de la trapecista e imagina excitado que pasea por un campo de amapolas acosando a un insecto con su red. Dentro de unos minutos, el Enano con Botas habrá creado una mujer de huesos destrozados y cuerpo informe: la compañera perfecta para el Hombre Culebra.</p>
<p>Con Masha aún en el trapecio, sus compañeros salen a la pista para despedirse. Bailan, realizan cabriolas y volteretas; agitan sus manos saludando como reyes y princesas; sonríen a hijos, padres, abuelos y nietos. El público parece tener una sensación agridulce, de felicidad pasajera y nostalgia inminente. Suenan premonitorios los redobles del tambor, los chasquidos de los platillos metálicos y los lamentos distorsionados de la trompeta.<br />
Masha Ivanova realiza la pirueta final y cuando salta a la plataforma, ésta se desencaja de su estructura. Observa atónita la pieza que se precipita al vacío bajo sus pies, se lleva las manos al vientre y parece que comienza a caer a cámara lenta. El caótico griterío que inunda la carpa se transforma en lamento en unos segundos.</p>
<p>Clavado a la litera en su caravana, el Hombre Culebra observa el vuelo de Masha y brama al reparar en que la red de seguridad se retira para la charanga de despedida. La Rusa se desploma en el centro de la arena, a pocos metros del Payaso Melancólico. Éste emite un alarido que congela los murmullos que lo rodean y decide, al suponerla reventada por dentro, que jamás desvelará el secreto que ambos comparten. El enano corretea torpemente con sus grandes botas y se acerca expectante a la descoyuntada marioneta de madera que yace en la pista. Posa su cabeza sobre el pecho de la mujer y sonríe satisfecho al percibir un débil latido.</p>
<p>El Hombre Culebra asiste impotente a la escena, sin fuerzas para secar las lágrimas que empapan su rostro. Acaricia mentalmente el cabello pajizo de la Rusa mientras trata de comprender la expresión de felicidad del enano.</p>
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		<title>La creación</title>
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		<pubDate>Wed, 07 Apr 2010 18:21:49 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Idoia</dc:creator>
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		<description><![CDATA[<p>Te hice un hueco en mi vida; creí que serías un gran personaje para mi novela.</p>
<p>Hoy te selecciono y te suprimo.</p>
<p>Eras tan falso como tus palabras.</p>
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			<content:encoded><![CDATA[<p>Te hice un hueco en mi vida; creí que serías un gran personaje para mi novela.</p>
<p>Hoy te selecciono y te suprimo.</p>
<p>Eras tan falso como tus palabras.</p>
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		<title>Motivos atenuantes</title>
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		<pubDate>Sun, 21 Mar 2010 18:35:37 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Idoia</dc:creator>
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		<description><![CDATA[<p>Asesinó a su marido la enésima mañana en que a él le olía el aliento a café con leche.</p>
<p>“Es que soy más de té”, alegó ella en su defensa.</p>
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			<content:encoded><![CDATA[<p>Asesinó a su marido la enésima mañana en que a él le olía el aliento a café con leche.</p>
<p>“Es que soy más de té”, alegó ella en su defensa.</p>
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		<title>Los celos</title>
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		<pubDate>Mon, 08 Mar 2010 18:56:16 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Idoia</dc:creator>
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		<description><![CDATA[<p>Citas al mejor de los amigos y lo esperas en tu jardín, al borde de la piscina.  Los cipreses que enmarcan el escenario no son un buen presagio.</p>
<p>Tras la última zambullida, el agua permanece sólida como un bloque de hielo. El viento abandona la tarde y ésta parece muerta. Sólo tú tienes pulso.</p>
<p>Escuchas cómo se [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Citas al mejor de los amigos y lo esperas en tu jardín, al borde de la piscina.  Los cipreses que enmarcan el escenario no son un buen presagio.</p>
<p>Tras la última zambullida, el agua permanece sólida como un bloque de hielo. El viento abandona la tarde y ésta parece muerta. Sólo tú tienes pulso.</p>
<p>Escuchas cómo se entorna la cancela de la villa y te llevas la mano al cinturón. Tus ojos se clavan en el hombre que se acerca confiado bajo un crepúsculo macilento.</p>
<p>Dentro de un instante con aroma a pólvora, ese traidor será un cadáver reflejado en la superficie del agua. Mientras se aproxima, piensas, “tengo un regalo para ti, hermano, ella te espera en ese fondo verdemar”.</p>
<p>Y te consuelas porque tu mujer no podrá derramar ni una sola lágrima por él.</p>
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		<title>Ida y vuelta</title>
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		<pubDate>Wed, 03 Mar 2010 16:54:16 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Idoia</dc:creator>
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		<description><![CDATA[<p>Tras las ventanillas, los viajeros observamos a una mujer china tirada sobre el andén recalentado. Sus manos se aferran a un carrito de bebé vacío. Gime sin lágrimas. No la oímos.
Dos guardias de seguridad se arrodillan con dificultad y hastío. Le preguntan.
Algunos gestos después, en el vagón refrigerado comprendemos que a la mujer le han [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Tras las ventanillas, los viajeros observamos a una mujer china tirada sobre el andén recalentado. Sus manos se aferran a un carrito de bebé vacío. Gime sin lágrimas. No la oímos.<br />
Dos guardias de seguridad se arrodillan con dificultad y hastío. Le preguntan.<br />
Algunos gestos después, en el vagón refrigerado comprendemos que a la mujer le han robado el bolso que colgaba del cochecito. “Papeles, papeles” leemos en sus labios.<br />
Al minuto, su marido vuelve con el hijo en brazos y unos billetes de tren en la mano.<br />
Con los ojos cerrados por la vergüenza, la mujer le cuenta.<br />
Él acaricia su pelo, su hombro y los tres se abrazan.<br />
Nuestro tren parte veloz.</p>
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