La isla emergió del mundo abisal. Náufrago vio el milagro y abandonó su salvavidas. Incrédulo, pisó tierra. Entonces se ahogó.
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La isla emergió del mundo abisal. Náufrago vio el milagro y abandonó su salvavidas. Incrédulo, pisó tierra. Entonces se ahogó. Por favor, sea breve, dijo una voz acerada por la megafonía de la catedral. Luciano se quitó su boina recién estrenada, miró a su alrededor y vio que estaba solo. Cayó de rodillas, se santiguó como un niño asustado y cuando quiso arrepentirse de sus pecados, se le fue el santo al cielo. Resignado, se quitó la boina y la estrujó entre sus manos de labrador. Por expreso deseo de sus hijos, accedería a dejarse arrancar el tumor adherido a su corazón. Sabía que aquel esqueje que brotaba en su interior era lo único que aún tenía vida en su cuerpo reseco. Al curtido detective Conrado, el chivatazo le llegó a través de los cauces habituales. Le aseguraron “por todos mis muertos” que se vio a una monja escapar a la carrera del lugar del crimen. Sentada sobre la tarima color hiel, cruzo las piernas y mis párpados atardecen. Una cuchilla estrenada hiende verticalmente mi ceño: mana un vigoroso río de lava templada. Me exprimo. Retiro el pellejo que guarecía mi carne ahora desnuda y lo extiendo en el suelo. Un esmero infantil lo convierte poco a poco en altar exuberante: [...] Te hice un hueco en mi vida; creí que serías un gran personaje para mi novela. Hoy te selecciono y te suprimo. Eras tan falso como tus palabras. Asesinó a su marido la enésima mañana en que a él le olía el aliento a café con leche. “Es que soy más de té”, alegó ella en su defensa. Citas al mejor de los amigos y lo esperas en tu jardín, al borde de la piscina. Los cipreses que enmarcan el escenario no son un buen presagio. Tras la última zambullida, el agua permanece sólida como un bloque de hielo. El viento abandona la tarde y ésta parece muerta. Sólo tú tienes pulso. Escuchas cómo se [...] Tras las ventanillas, los viajeros observamos a una mujer china tirada sobre el andén recalentado. Sus manos se aferran a un carrito de bebé vacío. Gime sin lágrimas. No la oímos. |
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