Solo te escribia para decirte que hoy le he dado el libro a (…) tenías que ver como ha llorado y como se ha reido (…) Bueno solo era para darte las gracias por tu maravilloso trabajo (…)
El circo de cristal
Accesit Premio Internacional Julio Cortázar de Relato Breve 2009
A veinte metros del suelo, Masha Ivanova se desplaza de un extremo a otro de la carpa, etérea como una libélula sobre un lago seco. El cañón que la ilumina hace resplandecer su traje de lamé plateado con alas de tul casi invisibles, el único que conserva de su época de patinadora sobre hielo. El público pliega su nuca hacia atrás, descuelga la barbilla y mira al cielo fascinado, esperando, sin saberlo, que la libélula se desplome. Masha no presta atención a las bocas abiertas de los espectadores, ni a las nubes de azúcar olvidadas en los regazos de los niños pues el público, en cualquier lugar del mundo, es siempre el mismo. Esta tarde se entrega más que nunca a una danza sinuosa, entre sogas y columpios colgantes porque sabe que, dentro de un mes, el doctor se lo prohibirá.
La mujer comparte su número con el Hombre Culebra que la acompaña en el trapecio desde su caravana. Postrado en su lecho a unos metros de la carpa principal del circo, sigue sus movimientos a través de un monitor de televisión. El Hombre Culebra vino al mundo con una enfermedad rara que trituró sus huesos y deformó su esqueleto para siempre, aunque no se ensañó con su rostro, de una incorruptible belleza eslava. La naturaleza le concedió también una mente despierta para los negocios que le permite dirigir, desde hace años, El Circo de Cristal.
El Hombre Culebra conoció a la Rusa (como llaman a Masha entre bambalinas) el día que entró en su caravana en busca de un trabajo. Se situó frente a él, se deshizo de su desgastado abrigo de piel llorando en silencio y vestida con una fina malla violeta desplegó su repertorio de contorsiones. Aquellos minutos bastaron para que se enamorara de esa mujer que componía figuras imposibles con su cuerpo, ligero como un pétalo de Lilium. La contrató y, desde entonces, comenzó a soñar que volaba con ella. Hasta que conoció a Masha Ivanova, el circo y sus empleados habían sido su familia, la carpa de color púrpura lo único que había rozado con deleite y el olor a queroseno, el aroma que reconocía como íntimo.
Detrás del pesado cortinaje, el Enano con Botas, maestro de ceremonias y mano derecha del Hombre Culebra, no pierde detalle de lo que ocurre en el trapecio. A su desproporcionado cerebro enfermo le ha costado meses elaborar el plan que rematará hoy.
Antes de trabajar para el Circo de Cristal, el enano dividía sus jornadas entre los golpes del cañón hidráulico que lo lanzaba por los aires y el alcohol que lo arrastraba por los suelos. Pero los malos tiempos para las ferias populares y las denuncias por denigración terminaron privándolo de su oficio. El circo acampó cerca del vertedero donde dormitaba tras una borrachera que casi lo mata. Su deambular resacoso lo condujo a la guarida del Hombre Culebra que se compadeció de su patético aspecto y le destinó un hueco entre ellos. El enano decidió no volver a beber y conservar las enormes botas de piel marrón que había encontrado entre la basura: le habían dado suerte. Su lealtad hacia el jefe se hizo inquebrantable con el tiempo y cuando vio su expresión al conocer a Masha, ideó la manera de convertir al hombre que lo había resucitado en el ser más dichoso de la tierra.
El Payaso Melancólico remata con parsimonia su disfraz para salir al escenario. Se coloca su nariz de plástico rojo, carda su desquiciada peluca negra y saca brillo a un diminuto sombrero de charol naranja, el mismo con el que aprendió el oficio hace cuatro décadas. El payaso mira al cielo y sonríe al recordar el secreto que la Rusa le confesó antes de su actuación y que ella misma desvelará por la noche.
A su lado, el Enano con Botas continúa atento a los giros de la trapecista e imagina excitado que pasea por un campo de amapolas acosando a un insecto con su red. Dentro de unos minutos, el Enano con Botas habrá creado una mujer de huesos destrozados y cuerpo informe: la compañera perfecta para el Hombre Culebra.
Con Masha aún en el trapecio, sus compañeros salen a la pista para despedirse. Bailan, realizan cabriolas y volteretas; agitan sus manos saludando como reyes y princesas; sonríen a hijos, padres, abuelos y nietos. El público parece tener una sensación agridulce, de felicidad pasajera y nostalgia inminente. Suenan premonitorios los redobles del tambor, los chasquidos de los platillos metálicos y los lamentos distorsionados de la trompeta.
Masha Ivanova realiza la pirueta final y cuando salta a la plataforma, ésta se desencaja de su estructura. Observa atónita la pieza que se precipita al vacío bajo sus pies, se lleva las manos al vientre y parece que comienza a caer a cámara lenta. El caótico griterío que inunda la carpa se transforma en lamento en unos segundos.
Clavado a la litera en su caravana, el Hombre Culebra observa el vuelo de Masha y brama al reparar en que la red de seguridad se retira para la charanga de despedida. La Rusa se desploma en el centro de la arena, a pocos metros del Payaso Melancólico. Éste emite un alarido que congela los murmullos que lo rodean y decide, al suponerla reventada por dentro, que jamás desvelará el secreto que ambos comparten. El enano corretea torpemente con sus grandes botas y se acerca expectante a la descoyuntada marioneta de madera que yace en la pista. Posa su cabeza sobre el pecho de la mujer y sonríe satisfecho al percibir un débil latido.
El Hombre Culebra asiste impotente a la escena, sin fuerzas para secar las lágrimas que empapan su rostro. Acaricia mentalmente el cabello pajizo de la Rusa mientras trata de comprender la expresión de felicidad del enano.
Idoia Huici



