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La Cala de El Náufrago (Cap.2)

2.

Abel se le acercó por la espalda y rozó con sus labios resecos por el viento el gorro de lana de Teresa. Cerró los ojos para aspirar y rescatar del grueso tejido un olor nuevo que recordar en adelante. Conocía el aroma de su melena roja después del champú -el mismo desde hacía años-, tras un aguacero, cuando el sol calentaba su pelo con intensidad. Ahora atesoraría uno diferente.

Teresa, extrañada ante la proximidad de su amigo, se giró hacia él. Pensó que Abel habría tropezado con una rama caída o con alguna piedra que le habría hecho perder el paso pero al mirarlo de frente comprendió que no. Intentó traspasar con sus ojos la delgada capa de piel de los párpados de Abel mientras que éste dejaba caer la vista a sus viejas botas de monte. Ella buscaba una señal, una confirmación de que tras el gesto torpe de hacía unos segundos había una intención. Al saber que Abel no levantaría sus ojos del suelo se dio la vuelta y enfiló hacia el sendero del que antes se habían desviado, primero ella y, después, él. Abel la volvió a seguir de nuevo y, enseguida, a grandes zancadas, la adelantó. Parecía impulsado por la necesidad de alejarse de lo que acababa de suceder aunque Teresa no sabía si huía de aquel beso que ella no llegó a sentir o de la imposibilidad de encararla.

Unax los esperaba sentado en una roca con forma de trono situada en una atalaya desde la que se divisaba un gran trecho del camino. No ocultaba una mirada irónica que debió haber mantenido durante un par de minutos. Los que sus amigos tardaron en acercarse.

-  ¿Y esas caras? – preguntó cuando llegaron.

-  ¿Qué dices? ¿Qué caras? – respondió Abel

-  Parece que habéis visto una tormenta – alegó Unax

-  Todavía no es tiempo de tormentas – respondió Teresa.

-  Cualquiera diría que ya están aquí– remató con una mueca burlona Unax - ¿Qué? ¿Seguimos?

Durante la subida a la cima, Abel sólo abrió la boca para responder con monosílabos a las insinuaciones de su amigo. En realidad, Unax no sabía lo que había ocurrido, ni siquiera si había sucedido algo pero disfrutaba provocándolo. No era difícil lograrlo pues su amigo se volvía susceptible ante la presencia de Teresa.

Abel almorzó mirando fijamente su bocadillo, o quizá el efecto de sus manos extendidas a lo largo de la barra de pan. Empezaban a ensancharse como las de un hombre y en poco tiempo alcanzarían las dimensiones de las de su padre, carpintero durante más de tres décadas. Sujetaba el pan como si se aferrara a un tablón que debía rebanar. Mordía un gran bocado y lo saboreaba con parsimonia. Sus angulosas mandíbulas trituraban también sus pensamientos y sólo tragaba cuando llegaba a alguna determinación. Parecía pensar en alto. Acabó y se puso en pie, satisfecho.

A la vuelta, deshizo el camino como los montañeros expertos, bajando con los brazos cruzados sobre el pecho, convencido de que no necesitaría apoyarse en nada ni en nadie. Pisaba seguro, con el tronco y la pelvis adelantados, acompañando con su cuerpo las inclinaciones del terreno. Conocía las montañas de los alrededores tan bien como cualquier viejo del lugar; estaba en su terreno.

Unax y Teresa no intentaron seguirlo, jamás alcanzarían su destreza así que se relajaron y bajaron a su ritmo, sabiendo que Abel los esperaría al final de la pendiente. Era otoño, oscurecía pronto y no los abandonaría a su suerte.

Se hizo la noche en el instante en que llegaron a Zaia. Obedeciendo a una orden que ninguno pronunció, se pararon bajo el solemne arco de piedra que daba paso al pueblo. La calle principal partía del punto en el que se encontraban y se perdía cuesta abajo. A sus orillas se abrían callejones oscuros, de menos de dos metros de distancia entre los muros de las casas enfrentadas. El interior del arco estaba recubierto por una pátina de humedad, se reflejaba en sus muros la luz blanca y parpadeante de las farolas. Las sombras de los tres, alargadas, oscurecían aún más los adoquines del suelo. Una de ellas comenzó a separarse del resto. Unax caminaba hacia atrás, alejándose de sus amigos y de Zaia, moviendo, pendularmente, las manos extendidas. Como un actor que, desde el escenario, se despide de su público haciendo mutis tras el telón.

Abel y Teresa conocían de sobra sus arranques. Era inútil preguntarse adónde iría, probablemente, pensó ella, esperaría a que se fueran para salir de su escondite.

-¿Vamos? - dijo Abel.- Te acompaño a tu casa.

Antes de llegar al portal de Teresa, él frenó en seco. Ella estiró el brazo, lo atrajo hacia sí y juntos subieron el peldaño del descansillo. Bajo la amarillenta luz del portón, cogió la mano de Abel y colocó la palma a la altura de su boca. Ella trazó con la lengua dos líneas, una vertical y una horizontal, dibujó una “t” en la piel curtida de Abel y sopló con delicadeza a lo largo las líneas húmedas. Él se estremeció, cerró su mano de golpe y la retiró espantado, como si una abeja le hubiera clavado su aguijón. Recogió la mochila apoyada en la pared y, sin decir palabra, se fue calle arriba.

Teresa se quedó observándolo mientras se alejaba, dibujando en su rostro una sonrisa, admirando aquel cuerpo que se erguía a medida que se alejaba de ella y se perdía en la oscuridad.

Los tres tenían entonces dieciocho años.

 

En los cuatro años de instituto, Teresa no perteneció a ningún grupo de amigos. Se creaban para luego desaparecer sin más. Excepto uno, el de Las Tres Cerditas: Sonia, Luna y Nerea. Desde el inicio se habían sentado en la última fila con el único propósito de adueñarse del espacio y reventar la clase si les apetecía. Un carraspeo en el momento oportuno podía bastarles para disparar risotadas cómplices. El aula era su reino particular aunque Teresa tenía la certeza de que, por separado, eran tan anodinas como cualquier ser humano de su edad.

Parapetadas tras los pupitres que les iban quedando pequeños según transcurrían los años y sus cuerpos ensanchaban, solían cruzar los dedos formando la señal de la cruz cuando Teresa pasaba ante ellas. Se protegían de la mala suerte que daba tener una pelirroja como compañera. El primer año, el profesor de latín comentó que los romanos eran supersticiosos ante los pelirrojos y esa torpeza ajena marcó la estancia de Teresa en el instituto. El último año no se molestaban en repetir la señal aunque a ella ya no le hubiera afectado. Era inmune a cualquier acontecimiento que pudiera ocurrir en el interior del centro. Disfrutaba de la soberanía que se había ganado al no deber nada a nadie.

En COU la semana comenzaba y finalizaba con la clase de lengua y literatura. En el aula de Teresa se hacían apuestas sobre Ander, el profesor. Si el lunes se presentaba afeitado y reluciente, era porque había visitado a su madre el domingo; si su aspecto era peor que el del viernes, era porque no la había visto. Unos minutos antes de su clase, los alumnos rellenaban la porra con las apuestas cuyo resultado se conocía en cuanto él abría la puerta de la clase. Los ganadores alzaban entonces los brazos en señal de triunfo para que el resto de la clase los vitoreara. Ander los dejaba hacer sin saber a qué se debía aquel jaleo.

Durante el recreo, Teresa salía a apoyarse en la verja que rodeaba el edificio y allí se encontraba con Ander, que iba a fumar. El aroma del tabaco negro neutralizaba, en parte, su olor a comida recalentada y a sábanas usadas y Teresa acabó por acostumbrarse. Observaban en silencio a los alumnos que salían en tropel para comprar el bocadillo de chorizo pamplona o la palmera bañada en chocolate en un quiosco cercano. Nadie los saludaba al salir o al regresar. Eran invisibles como fantasmas. Ander aspiraba caladas profundas a su Ducados antes de contar a Teresa lo último que había leído. Entonces, su aspecto de polilla se ocultaba tras una elocuencia que nadie hubiera sospechado en él. Su habilidad para narrar, para escoger los detalles adecuados, para modular su voz cavernosa y racionar sus ademanes sutiles permitía a Teresa viajar muy lejos de Zaia.

En primero, Ander tardó meses en recomendarle una lectura fuera del programa del curso a Teresa y ésta, reacia al principio, aceptó el reto por no hacerle un feo a su único amigo en el instituto. El día que Ander le trajo un libro de tapas de cuero granate y letras doradas y se lo entregó como si fuera un cáliz para iniciados, ella lo aceptó entre avergonzada y agradecida, consciente de que le ofrecía lo mejor de sí mismo sólo por el placer de compartirlo. Tras el recreo, Teresa llevó entonces el libro a clase, medio oculto entre los pliegues de su amplio jersey de lana azul. Al sacarlo de su escondite para guardarlo en la mochila, Las Tres Cerditas hicieron algún comentario que provocó codazos entre el resto de alumnos.

Un viernes a principios de COU, Teresa y Ander esperaban a que el aula se quedara vacía para salir y charlar un rato en la verja antes de despedirse. Ella lo observaba mientras él recogía sus bártulos: folios sueltos llenos de anotaciones, el manual didáctico del curso, algún cuaderno de tapas reviradas, los metía en un macuto caqui que se colgaba al hombro y ajustaba el nudo del asa. El profesor retrasaba el momento de finalizar la semana. A pesar de resultar la diana perfecta de las burlas, aunque sólo dos o tres alumnos lo escuchaban, era feliz cociéndose en ese ambiente cargado de hormonas y comentarios soeces. El mundo exterior no era más que un leve contratiempo que no suponía excesiva molestia, como esas motas de polvo de tiza que tras limpiar el encerado, se sacudía de su inmundo jersey.

Afuera, Ander encendía su cigarrillo cuando Teresa lo vio. Era alto, iba encogido y caminaba con las manos en los bolsillos de sus vaqueros rojos, ajados por los muslos. Sus pasos lo acercaban a cámara lenta hasta donde ellos se encontraban. Vestía una cazadora negra de cuero con varias cremalleras, las pequeñas abiertas, la del centro subida hasta el cuello. Las mangas le quedaban por encima de las muñecas, huesudas y blancas. Parecía muerto de frío, como si el clima de Zaia lo hubiera sorprendido en un renuncio.

Al llegar a la puerta del instituto les dijo hola y Teresa y Ander se miraron extrañados. Aunque no era alumno del centro, los había saludado. Debía ser de fuera. El profesor apuró su cigarrillo hasta el filtro, se despidieron y cada uno se fue por su lado.

-  ¿Puedo subir contigo?

Teresa se sobresaltó al reconocer la voz del desconocido y saber que la seguía. Se paró en seco y esperó a que él se pusiera a su altura. La cuesta era empinada. Cuando llegó a su lado, él jadeaba por el esfuerzo y necesitó su tiempo para volver en sí. Sus ojos eran del color del ámbar, se movían danzarines, divertidos y ella aguardaba, en silencio.

-  Es que no me gusta andar sólo. Por cierto, no me he presentado, soy Unax y soy nuevo aquí. El lunes empiezo en el instituto.

-  …

-  Bueno, ¿qué? ¿Me explicas cómo va este pueblo?

Por segunda vez, la había desconcertado. Su espontaneidad no era habitual en las gentes de la montaña y ella no sabía cómo reaccionar. En esos casos, se quedaba callada, sabía que era lo mejor para intimidar al otro. Sin embargo, Unax no se inmutaba y esperaba una respuesta tan tranquilo. Por fin, sin saber por qué Teresa respondió:

-  Me invitas a un café y te cuento de qué va esto.

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