Solo te escribia para decirte que hoy le he dado el libro a (…) tenías que ver como ha llorado y como se ha reido (…) Bueno solo era para darte las gracias por tu maravilloso trabajo (…)
Sospechosas habituales
Al curtido detective Conrado, el chivatazo le llegó a través de los cauces habituales. Le aseguraron “por todos mis muertos” que se vio a una monja escapar a la carrera del lugar del crimen.
Cuando el sabueso fue al único convento que había en cien kilómetros a la redonda, las doce monjas de clausura lo esperaban sentadas alrededor de una alargada mesa de madera, con una beatífica mueca en sus rostros.
El hombre, en pie, comenzó a inquietarse al sentir que aquellos ojos sin brillo, coronados por cejas agrestes, lo observaban como a un muchacho imberbe vestido con bermudas. No tuvo el cuajo necesario para interrogar a la retahíla de bustos cuyas manos lechosas mostraban sin pudor su compromiso con Cristo.
Al despedirlo, mientras las religiosas lo acompañaban a la puerta, el detective Conrado sentía en su nuca una bocanada de aire tibio y escuchaba el frufrú de sus hábitos, negros como el color de los cuervos.
Idoia Huici



