• Libros por encargo

    Para empresas, instituciones y otras organizaciones.
    Un libro único, a medida y original. Escribiremos vuestra historia con un estilo personal y literario.

    LEE MÁS...

  • Cuentos por encargo

    Escribimos en exclusiva el cuento que deseas.
    Sin plantillas prediseñadas.
    Incluimos ilustraciones y fotos.
    Diseñado a tu medida.
    Le damos el estilo y tono adecuados.

    LEE MÁS...

Imprimir
PDF

La cala de El Náufrago (Cap.1)

1.
A unos veinte metros, al final del descampado al que miraba la habitación, yacía un
todoterreno volcado. La luz mortecina de sus faros iluminaba el perímetro del accidente.
Un fotograma congelado de una película de guerra, pensé. Los bajos estaban cubiertos
de barro y las cuatro pesadas ruedas giraban por inercia en dirección al cielo, ridículas
por su inutilidad. El humo que emanaba del vehículo se confundía con la bruma de la
madrugada. Podía escuchar con nitidez el runrún del motor.

Me quedé paralizada, grabando en mi memoria cada detalle, testigo de una escena que
parecía dispuesta para que yo la observara. Me preguntaba qué habría ocurrido si no me
hubiera despertado, o si hubiera decidido no asomarme a la ventana ¿Sucede algo si nadie
lo ve? ¿Y si lo borra de la memoria?

El frío me devolvió a la realidad, tenía la carne de gallina.

Dentro del coche, alguien sacudía la puerta del conductor. No se oía ninguna voz
pidiendo auxilio sino golpes amortiguados, como un muerto falso que aporrea un ataúd
acolchado. Tras varias sacudidas cada vez más enérgicas, la puerta cedió bruscamente.
Asomó un brazo blancuzco, tras él, una cabeza calva cuyo rostro no lograba distinguir y,
por último, el tronco y el resto de un cuerpo. A primera vista, el hombre no sangraba.
Permaneció unos instantes tumbado sobre la hierba, luego se puso de rodillas y, antes de
erguirse por completo, dejó que sus manos apoyadas en los muslos le permitieran volver
en sí. De pronto, levantó la cabeza y me miró. Dudo que pudiera distinguirme con nitidez
pero intuyó mi presencia en la oscuridad. El camisón blanco pudo delatarme. Di un
respingo y me golpeé el codo contra el canto de la ventana. El calambre me hizo
reaccionar.

–¿Se encuentra bien? –le grité, más por confirmar que no le pasaba nada que por
verdadero interés en su estado.
–Perfectamente. No avise a la policía –contestó con brusquedad.
–Acaba de sufrir un accidente –repliqué extrañada. –Debo avisar a alguien.
–No es necesario que llame a nadie. Yo me encargo de todo– insistió el hombre.
–Como quiera –rematé bajando la persiana que ni mi marido ni yo solíamos utilizar.

El ambiente caldeado y el olor reconocible de la habitación no lograron eliminar mi
inquietud. No podía volver a la cama, arroparme con el edredón y recuperar mi posición
fetal como si nada hubiera sucedido. Decidí que lo mejor sería telefonear a emergencias.
Ellos sabrían qué hacer. Cogí el teléfono de mi bolso, salí al descansillo y marqué las tres
cifras grabadas en algún recóndito lugar de mi cerebro.

–Emergencias. ¿Dígame?
–Acaba de ocurrir un accidente delante de mi casa.
–¿Qué clase de accidente?
–Ha volcado un coche y el conductor parece aturdido.
–¿Acompaña alguien al conductor?
– No he visto a nadie más. Creo que el hombre está solo.
–¿Ha podido hablar con él?
–Sí. Me ha asegurado que se encuentra bien. Que no necesita ayuda.
–Facilíteme sus datos, por favor, ahora mismo enviamos una unidad.

De nuevo en la habitación, me arrodillé bajo la ventana y subí la persiana con cuidado
para poder observar por una rendija lo que ocurría fuera. Los potentes faros del tanque
seguían encendidos pero no se veía al conductor. Al rato llegó una ambulancia junto a
otro vehículo sin identificar. Empecé a oír un murmullo de voces que poco a poco fue
aumentando de volumen. Me froté los huesos de las rodillas, doloridas.
Entonces, sonó el móvil que había dejado a mi lado, en el suelo. A pesar de la luz
parpadeante que lo delataba, no lograba dar con la tecla para descolgarlo. La melodía
resultaba atronadora y tardé una eternidad en acallarla. Una voz que parecía cruzar un
estrecho túnel repetía: ¿Oiga? ¿Oiga? y su eco resonaba en el cuarto mientras me dirigía
hacia la puerta. Con el pomo todavía en la mano, respondí. Era la policía. Primero
confirmaron los datos que antes había proporcionado a la mujer. Una vez que la voz se
aseguró de que yo era yo, me puso al tanto: el conductor de cuyo accidente había dado
parte tenía varias denuncias por conducir ebrio, su permiso estaba retirado hacía meses.
Como testigo del suceso, me vía en la obligación de comparecer en el juzgado en los
próximos días. No sería necesario un careo con el infractor, no tenía nada que temer.
Bastaba con declarar ante un secretario judicial. ¿Lo había comprendido? ¿Teresa, lo ha
comprendido usted?

Colgué, volví al cuarto y me acosté.

–¿Qué ocurre? ¿Qué es todo este jaleo? –preguntó Abel girándose hacia mí.
–Un accidente. He sido testigo de un accidente. ¿No has oído nada? –respondí intrigada.
–No. Me ha despertado el móvil. ¿Por qué ha sonado? ¿Qué tiene que ver con el
accidente? –quiso saber mi marido.
–Era la policía. Querían verificar mis datos. Fui yo la que dio parte a emergencias –le
expliqué.
–¿La policía? ¿Quién te manda meterte donde no te llaman? –replicó Abel.
–No podía quedarme de brazos cruzados. Ese hombre hubiera podido necesitar ayuda –
me justifiqué.
–¿Estaba herido? ¿Hablaste con él? –quiso saber.
–Parecía ileso. Me dijo que no hiciera nada – respondí insegura.
–Más a mi favor para dejarlo correr. ¿Y ahora? –Abel se había despejado completamente.
– No. Dentro de unos días tendré que ir al juzgado a declarar como testigo. El hombre
tenía prohibido conducir.
–¿Al juzgado? ¿A qué juzgado? ¿Al de Arkoll?
–Sí, allí. De nuevo.


A la mañana siguiente me desperté con el corazón aporreando mi pecho, avisándome de
un peligro que había quedado oculto tras el sueño. No logré asociarlo a ninguna imagen
pero tenía la certeza de que volvía de un lugar lleno de trampas.
Repasé el número de huéspedes alojados en casa y decidí que podría escaparme a la costa
durante unas horas. Abel se las arreglaría sin mí. No me necesitaba para preparar el
desayuno a los clientes ni para limpiar las habitaciones ocupadas. Hasta el mediodía, no
le serviría de ayuda. Además, podíamos permitirnos esos pequeños lujos. El negocio rural
iba bien, mejor que bien. Los ingresos nos proporcionaban una seguridad económica que
aumentaba la distancia que existía entre nosotros. A veces me preguntaba si no sería
mejor que ocurriera una catástrofe, que los clientes escasearan, que nos cayera un alud de
nieve, cualquier acontecimiento que nos rescatara de aquel silencio denso.
Aunque Abel había bajado al comedor, cerré la puerta del cuarto de baño al entrar. Me
acerqué al espejo y antes de mirarme, lo froté con la manga del camisón como hacía
desde que era niña. Mi padre solía dejar el cristal salpicado de gotas de espuma,
desprendidas de la brocha con la que se afeitaba con movimientos circulares y enérgicos.
Entonces, me imaginaba que estaba atrapada en una gruesa bola de cristal, sola, en medio
de una ventisca de nieve. Luego, solía limpiar todo rastro de suciedad del espejo. Igual
que hacía ahora.
Palpé con las yemas de mis dedos los pómulos y la barbilla. Los huesos parecían
desencajados, desplazados de su lugar natural. Apreté hasta que se formaron círculos
blancos por la falta de sangre; en cuanto dejaba de presionar, el color volvía y teñía de
rojo intenso mi piel pecosa.

Según cumplía años -treinta y seis el pasado agosto- iba abandonando la esperanza de
mantener la expresión ausente que me había caracterizado. La añoraba ahora que mis
facciones se volvían severas; los ángulos afilados habían acabado por imponerse a las
redondeces de otros tiempos. Las cuencas alrededor de mis ojos estaban violetas por la
falta de sueño y acentuaban el tono acerado de los iris.

Me lavé la cara con agua helada antes de untarme la crema con protección solar que
necesitaba a diario. El sol, por débiles que fueran sus rayos, dañaba mi piel que, como en
muchos pelirrojos, era propensa a los melanomas. Abrí las dos hojas de la ventana y
aspiré una bocanada de aire insípido. La dejé entreabierta para despejarme mientras me
vestía. Me ducharía a la vuelta, tenía prisa por salir.

No había oído a Abel entrar en la habitación.
–Me voy a la playa –le anuncié mientras me dirigía hacia el armario para buscar algo que
ponerme.
–¿Ahora? Estamos a menos de quince grados –replicó buscando mi mirada.
–Hace sol y quiero aprovecharlo. Falta poco para el otoño –contesté mientras hurgaba
entre mi ropa revuelta.
–Creí que no volverías este año. No te conviene –insistió.
–¿Por qué no me conviene? No estoy enferma ni embarazada. Lo sabes perfectamente. –
Le miré a los ojos. –Estaré de vuelta para el mediodía.
Bajé las escaleras de dos en dos, salí de casa y me monté en nuestro jeep. Entonces,
recordé el accidente de la noche anterior y pensé que, a la vuelta, echaría un vistazo.
Evité mirar al ventanal del comedor: sabía que mi marido estaría observándome tras los
cristales. Arranqué el coche y traqueteé durante el trecho sin asfaltar que conducía a la
carretera hasta que, por fin, me incorporé a ella.

El trayecto hasta la costa ejercía en mí un efecto balsámico y conforme dejaba atrás la
montaña, mi respiración se apaciguaba. Entre la tupida red de árboles y maleza que
rodeaban la casa, mi aliento era entrecortado; tenía la sensación de vivir en una cueva con
paredes tapizadas de musgo. Ante la proximidad del mar, mi respiración se hacía más
profunda y, los labios, a menudo entreabiertos, se cerraban.

Mi destino siempre era el mismo, La cala de El Náufrago. Era un lugar apartado,
desconocido por lo inaccesible para los escasos turistas, despreciado por los habitantes de
la zona, vinculados a la solidez de la montaña, desconfiados ante los vaivenes de las
mareas. El acceso no era fácil pero yo conocía bien cada cornisa, cada roca y me cuidaba
de las curvas donde podía derrapar. Solía conducir tan ensimismada que sólo al apagar el
contacto y sacar las llaves, era consciente de que había llegado.

Alargada, con forma de lengua, la cala estaba incrustada entre dos enormes riscos gris
plomo de unos treinta metros de altura. Los peñascos amurallaban el lugar sombreando la
superficie del agua, quieta –como un bloque de hielo- ante la ausencia de viento.
La erosión de miles de años había formado en el vértice inferior de los riscos una playa
de gruesa arena y pequeñas piedras oscuras que emitían destellos brillantes cuando el sol
asomaba entre las nubes. No resultaba agradable de pisar y, al caminar, las plantas de mis
pies se contraían como si fueran garras aferrándose a una cuerda floja invisible.

Salí del coche y me acerqué hasta la arena. Me quité las botas, los vaqueros y el jersey de
lana azul que abrasaban mi piel lechosa y los arrojé al suelo. No llevaba ropa interior.
Avancé hacia el mar y no paré hasta que el agua me cubrió el vientre. No sentí nada
aunque mi cuerpo se contrajo queriendo reunir el calor necesario para combatir al frío.
Me zambullí, abrazando las piernas con mis brazos como una caracola. Me abandoné a la
deriva hasta que la fuerza del agua me empujó a la superficie. Me desenrollé y dejé el
cuerpo boca abajo, inerte, sintiendo el agua acariciarme el pubis, los senos, el rostro.
Espiré con fuerza por la nariz el aire que me quedaba, las burbujas cosquilleaban en mis
oídos al tiempo que el pelo se desmembraba en jirones, flotando como un alga marina.
De repente, en la cima de uno de los riscos, observo el cuerpo extendido de una mujer
desnuda que flota boca abajo sobre un mar sin brillo. Está sola. En la playa, unas prendas
desperdigadas, unas botas marrones de piel; alejado de ella, un coche con la puerta del
conductor abierta.

Cuando ya no me queda aire y me duelen las sienes por la presión, me incorporo
clavando mis pies en las piedras ocultas bajo el agua. Miro al cielo, aprieto los puños y
grito como no lo he hecho desde hace diecisiete largos años.

Ver en formato Pdf

 

 


Idoia Huici


Icons by Double-J Design